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miércoles, 11 de junio de 2014

Refrescos light y las dietas

Hemos pasado recientemente una época en la que ha sido moda demonizar los refrescos, especialmente los refrescos de cola. Todos, los normales, con sus 12 cucharadas de azúcar por lata, y los light.
Yo no voy a demonizar nada, ni a ensalzarlos como la panacea tampoco. Creo que no conozco a nadie que no haya tomado nunca un refresco de cola, y los que me conocen saben que yo los consumo. Me gustan, y me sientan bien.
Como en tantas cosas de la vida, el problema está en el exceso. Un exceso de bebidas de cola aporta una barbaridad de azúcar, y otra barbaridad de gas, con lo que es fácil dejar de comer alimentos que realmente nos nutren. Por no hablar de la cafeína, que tiene gran parte de la culpa de la adicción a que pueden dar lugar, y el efecto negativo para el organismo en cuanto a dificultades para dormir, nerviosismo, taquicardias incluso. Por no hablar del efecto de la acidez en el tubo digestivo desde su mismo inicio, los dientes.
Y con el azúcar, además, vienen los kilos, los mismos que medio país pasa meses intentando quitarse. Y dicen, ah, pues me los tomo light, que no engordan.
Eso sí, mantienen el resto de perjuicios para la salud, en exceso.
Pero al parecer se les ha encontrado una ventaja respecto a las dietas de adelgazamiento. Parece ser que aportan el hecho de “matar el gusanillo” de dulce, de forma que sin aportar calorías, da una satisfacción que te mantiene en la brecha del objetivo de pérdida de peso.
Insisto: en pequeñas cantidades. En grandes cantidades puede resultar perjudicial por todo lo que explicaba antes, y de cara a la pérdida de peso, que se supone que es el objetivo del que hablamos, la cafeína y su adicción te ponen en riesgo. En riesgo de que, en cualquier momento, tengas “mono” de refresco y no haya uno light disponible. Y lo tomarás, y encima del resto de perjuicios, por una cosa tontísima, terminarás estropeando tu dieta.
Moderación, moderación, moderación

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